El cubano Universo Sánchez participó en México en los entrenamientos que efectuaban para estar debidamente preparados con vistas a reanudar la lucha revolucionaria en Cuba. Acerca de su relación con el Che, Universo afirmó:
“Desde que nos preparábamos en México para venir a la expedición del Granma, fue el Che mi compañero inseparable; pude apreciar desde aquellos momentos lo grande que era. Impresionaba siempre por su modestia. En cierta oportunidad, cuando estábamos presos en México y durmiendo en el suelo, el Che tenía asma, pero al ver que otro compañero no podía dormir, porque no tenía almohada, le cedió la de él”. |
El ex general Alberto Bayo fungió como instructor del grupo de revolucionarios cubanos que se preparaban en México para lograr la reanudación de la lucha revolucionaria en Cuba. Bayo tuvo mucha relación con el Che, con el cual solía jugar ajedrez una vez concluida la labor en el rancho situado en las afueras de Ciudad México.
El Che era fanático de la guerra de las sesenta y cuatro casillas; yo también le acompañé en esa noble afición, y cuando nos reuníamos en el pueblo de El Chalco, en México, cuando iniciamos el entrenamiento de los heroicos defensores de la libertad que se consagraron para practicarse en el entrenamiento bélico, él y yo nos dimos a conocer mutuamente en nuestra afición, y con un tablero y sus piezas que allí teníamos, comenzamos en los momentos sin actividad nuestro duelos diarios.
Después de la cena, el Che, jefe del campamento, daba un parte militar sobre las novedades e incidencias del día, y yo siempre le ayudaba en la confección de los mencionados escritos, primero, porque me daba pena que después de aquellas fenomenales marchas, tenía que dedicarse a hacer largos y minuciosos partes, lo que le quitaba minutos de descanso, y segundo, porque después de terminar esa obligación, entrábamos los dos en disputa ajedrecística, lo que nos distraía extraordinariamente.
No teníamos electricidad en la finca que el mexicano Riviera nos alquiló, por lo que cuando la noche tendía sus negros mantos sobre el monte donde nos encontrábamos, teníamos que valernos de las velas con las que nos dábamos un poco de claridad en aquellos cuartos.
La corriente de aire abanicada constantemente el tablero donde desarrollábamos nuestras tácticas, hacía brillar la débil llama que alumbraba una pequeña parte de la mesa, cuya sombra, balanceándose inquieta y caprichosa sobre el cartón, nos hacía confundir con gran facilidad un peón con un alfil.
El doctor David Mitrani narró algo que pone de manifiesto el gran amor que sentía Ernesto Guevara por el ajedrez.
Cuando lo tomaron preso él me mandó a llamar, me mandó a pedir adrenalina; le llevo personalmente algunas ampolletas y lo curioso es que llegó a la cárcel y lo primero que encuentro es a Ernesto, al Che, jugando el ajedrez con uno de los agentes, con uno de los carceleros. |