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¿Qué clase de hombre he conocido?
Victor Pérez Galdós Ortiz
Periodista de Radio Rebelde
Fuente: Libro “Un hombre que actúa como piensa”, Editora Pablo de la Torriente Brau, 1998

La Habana, Cuba.- En sus pasajes de la guerra revolucionaria, en el trabajo titulado “Cuidando heridos”, en el que detalló lo que hizo tras participar en el combate del Uvero, el Che señaló que había conocido a un mayoral con quien entabló relaciones y cooperó con los integrantes del Ejército Rebelde.

En la costa del río Peladero vivía el mayoral de un latifundista, David de nombre, el que cooperó mucho con nosotros; David nos mató una vaca y hubo que salir a buscarla. El Che con la sinceridad que le caracterizaba, precisó la impresión que le había causado el citado mayoral.

Tuve en esos días una larga conversación con el mayoral David que me pidió una lista de todas las cosas importantes necesarias para nosotros, pues se iba a dirigir a Santiago de Cuba y las buscaría allí; era un típico mayoral, fiel al amo, despreciativo con los campesinos, racista. Sin embargo el ejército lo tomó preso al enterarse de nuestros contactos y lo torturó bárbaramente; su primera preocupación después al aparecer, pues nosotros lo creíamos muerto, fue al explicar que no había hablado.

David Gómez vivía en la zona del Peladero, a unos cinco kilómetros del Uvero, en la antigua provincia de Oriente donde se produjo el combate. En 1978, en un trabajo publicado en la revista Bohemia, David Gómez recordó su encuentro inicial con el Che.

Esa conversación la tuvimos el día 3 de junio en un lugar conocido por Charco Hondo, en la boca del río Pinarito. Yo llegué como a las ocho de la mañana y al ratico apareció él con Isabel Pardo y Manuel Rodríguez.

Nunca había oído ni mencionar al Che. Manuel me había dicho: “El que se va a entrevistar contigo parece extranjero”.
Amarré mi caballo y me senté en el tronco de un árbol de juba. Cuando veo al Che me paro; estaba como a quince metros, mientras avanzaba hacia mi yo veía esa figura, y no era el hombre que pensaba ver. Era una figura noble, sonriente y al mismo tiempo le caía un gran respeto. Le dije que si me permitía abrazarlo y me dijo que sí.

Nos sentamos en la raíz de la juba, uno al lado del otro y al frente Israel y Manuel.

El Che se interesó ese día por mi familia, igual que hizo en las conversaciones que tuvimos después.

Aquel día me preguntó si yo había tenido noticias de Santiago de Cuba, y se preocupó por saber de los heridos que había dejado con los del ejército; me preguntó por Manals.

También me pidió que le hablara del ánimo que había en el pueblo. Me dijo que la gente hablaba mucho, que algunos compañeros no eran discretos y había que tener más cuidado. Recuerdo que en un momento de la conversación usó el aparato del asma.

Estábamos hablando y sacó un limón del bolsillo. Le quitaba la cáscara con los dientes y se lo comía. Pensé: ¡Qué hambre tiene este hombre! Yo había llevado queso, mantequilla, galletas y otras boberías. Fui a la alforja del caballo y traje todo aquello. Para sorpresa mía, me dijo: “Mi parte me la deja, que voy a llevarla para allá arriba”. Le pregunté por qué, y me respondió: No, para compartirla con los heridos que están pasando hambre. Nadie tuvo valor para comer nada. A mi se me quitó el hambre que tenía, al ver aquel hombre comerse un limón y pensar en compartir su bocado con los compañeros.

Le dije que no entendía cómo  estaban pasando hambre si yo les había mandado una vaca, y me explicó que no podía cocinar, porque las noches eran muy claras y la aviación los podía detectar por el humo.

Le pedí una lista de todo lo que necesitaba, y le advertí que no era necesario que pusiera comida, ni ropa, ni medicinas. Así lo hizo.

Recuerdo que en la lista me pedía que le trajera cachuchas. Cuando fui a buscar las cosas compré varias gorritas. Luego cuando le llevé la mercancía, se rió y me dijo que eran cachuchas de fumar.

Casualmente, yo les llevaba  también unas cachimbas que había comprado; pero de casualidad, porque yo pensaba que quería gorras.
Me pidió también unos mapas y una brújula. Ya ahí se ve la preocupación por enseñar a los compañeros; me pidió libros, libretas, lápices y bolígrafos.

Estuvimos más de dos horas conversando. Al regreso, por el camino, sentía pena, vergüenza, cuando pensaba en aquello del limón. Me preguntaba: ¿Qué clase de hombre he conocido?

 
     
Anécdotas
Victor Pérez-Galdós Ortiz
Fuente: Libro “Un hombre que actúa como piensa”
  Su primera posta
Pequeña cooperativa de fotógrafos
Vino a verme al hospital muy entusiasmado
Su labor investigativa tuvo fortuna
Muy interesado en cubrir esa meta
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Tajante con la verdad, siempre
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