|
Un
país donde todos los días son de
los niños
Teresa
Valenzuela
Colaboradora Rebelde
20 de Julio de 2008, 9:00 a.m.
En Cuba todos los días
pertenecen a los niños pues ellos son
la prioridad número de la sociedad, su
atención comienza incluso antes de nacer
y no se escatiman esfuerzos para verlos felices,
lo que se traduce en el cuidado de su salud,
una esmerada educación desde las edades
más tempranas y la recreación
sana y útil.
La infancia es ese pedazo de
la vida que se guarda en lo más profundo
de los corazones; su recuerdo aflora cuando
menos lo pensamos y entonces evocamos los momentos
agradables que nos hacen sonreír.
¿Quién no ha añorado
alguna vez volver a ser niño, ese tiempo
sin preocupaciones en que sólo se estudia
y juega?
Una etapa de la existencia humana
vinculada a los padres, hermanos, y otros familiares;
a meses de significación especial como
diciembre por las fiestas; edades de cumpleaños
que se esperan desde una semana antes por la
sorpresa de los regalos.
En la infancia fuimos por primera
vez a la escuela, sentimos el peculiar olor
de las aulas, de las maletas como les decíamos
entonces a las mochilas de hoy, con la fragancia
peculiar de los lápices, goma de borrar
y libretas; y también conocimos a los
primeros maestros de nombres que jamás
se olvidan: los míos Cándida Sirauc
y Victoria Acosta, de primero y segundo grados,
respectivamente.
Supimos también del nerviosismo
de los exámenes, derramamos las primeras
lágrimas al desaprobar una prueba o aplaudimos
y reímos por las buenas notas.
¿Qué más
puede ser la infancia sino la tristeza por el
tiempo dejado atrás? O la alegría
por sentir muy de cerca el amor de mamá
y papá y sus abrazos entrañables.
De ellos recordamos de manera especial sus mimos
y cuidados, más aún si enfermábamos,
y también los regaños por la desobediencia.
No obstante lo anterior, la
infancia es mucho más: es ese niño
que llevamos dentro y que un día cualquiera
nos sorprende y se asoma para observar otra
vez los colores de las mariposas y las lagartijas
o hacer alguna travesura como echarle caracoles
a las flores de mi vecina que por todo regañaba
a los niños.
No hay quien escape al recuerdo
del día que deseó que lloviera
para no ir a la escuela, o de enfermarse para
comer algo especial; hermoso tiempo el de la
infancia, de ilusiones, y de estar siempre contentos.
|