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Luís Saiz Sergio Saíz
Mireya Ojeda
Corresponsal de Rebelde
El sacrifico de Luís y Sergio no fue inútil
13 de agosto de 2008, 10:50 a.m.

Cienfuegos, Cuba.- 13 de agosto de 1957: Dos jóvenes caminan por la vía pública, en San Juan y Martínez, Pinar del Río, cuando suenan dos disparos y caen mortalmente heridos. Un asesino a sueldo cumplía una orden de la tiranía de Fulgencio Batista.

El pueblo manifestó ira y luto ante la caída de dos de sus mejores hijos, Luís y Sergio Saíz Montes de Oca, que siendo casi niños debieron afrontar responsabilidades de hombres por el momento histórico que les tocó vivir.

Un año después, Radio Continente, de Venezuela, dio lectura a la carta que había enviado meses antes Esther Montes de Oca Domínguez, la madre de los jóvenes pinareños asesinados, al director de esa emisora.

Señor:

A usted dirijo, con el ruego de su publicación, esta carta. Usted no me conoce, pero tal vez no será extraño a sus oídos el nombre de dos jóvenes, vilmente asesinados el pasado 13 de agosto, en plena vía pública, en San Juan y Martínez y se nombran Luís y Sergio Saíz Montes de Oca, de 18 y 17 años, respectivamente; pues bien, yo soy la madre de esas víctimas, que no cometieron otras faltas que tener esa edad, ser jóvenes estudiantes y oposicionistas, si tal puede llamársele al que no aprueba los desquiciamientos de un régimen como el que padecemos.

Mi nombre: Esther María del Rosario Montes de Oca y Domínguez, maestra de instrucción pública en el centro escolar “Luz Caballero” de esta villa y con residencia en la calle Martí No. 41.

Mi carta no es una queja; la queja deshonra; es el grito de angustia de una madre que como muchas en Cuba hemos visto cómo el abuso del poder y de la fuerza privan de la vida, en el comienzo de la misma, nuestros más preciados y caros ensueños que son: nuestros hijos, aquellos que criamos y educamos para que fueran útiles a la sociedad y a la patria (...) aquellos que junto al A,B,C les enseñamos los principios martianos para que solamente siguieran en la vida una línea: la recta, porque es la línea de la justicia.

Haciendo alusión al parte oficial emitido, Esther continuaba:

...Mis hijos no eran dos sujetos que agredieron a la fuerza pública, jamás usaron armas, un asesino a sueldo cumplió en ellos una seca orden que tradujo en dos cortantes disparos que atravesaron sus corazones. Eran mis hijos dos jóvenes estudiantes; el mayor, nacido en La Habana y el otro, en esta villa, donde surgieron a la vida como palestras de sensatez y buen juicio, por lo que el pueblo los lloró y llora amargamente.

De ellos más bien pudieran dar fe sus maestros, sus amigos y compañeros, sus profesores del Instituto de Pinar del Río y de la Universidad Nacional, donde Luisito, o solo 18 años, cursaba ya su segundo año de Derecho, figurando entre los primeros expedientes del curso.
Sergio, con 17 años, había terminado sus estudios en el Instituto, graduándose de Bachiller en Ciencias y Letras. Sobre su sarcófago, sencillo como su vida, reposaba una pequeña ofrenda de sus compañeros de estudios: era su anillo de graduado, que por cruel ironía del destino ¡recibiera ese día!

Esos eran mis hijos, niños si se quiere en el orden cronológico, pero hombres dignos en su manera de pensar y actuar; que se irguieron verticales en la vida, como lo hicieron ante la muerte.

Segaron sus vidas como una forma de matar ideas, olvidando o desconociendo la frase de Sarmiento: “Bárbaros, las ideas no se degüellan”

...No importa que en mi hogar sus camas estén vacías, esperando por los que jamás han de volver físicamente (...) no importa que la noche más larga y negra haya caído sobre nuestras vidas.

No, porque aún así, en esta ruina humana en que el dolor y la desgracia nos han convertido, por la maldad, la envidia y el salvajismo de los hombres, habrá como en las minas viejas, en su padre y en mí, una veta que explotar y esta será de fortaleza y de valor para poder luchar, vivir y... esperar que la luz se haga en el horizonte de mi patria, que la libertad y la justicia sean realidad tangible... ¡Entonces, el sacrificio de mis hijos no habrá sido inútil!

Mientras tanto no dejaré que el dolor me amilane, viviré no feliz, pero sí orgullosa, más orgullosa aún que antes, de ser la madre de Luís y Sergio.

   
 
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